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En las décadas que quedan entre los siglos XIX y XX, pocos madrileños alcanzaron la fama que logró Garibaldi, un auténtico "curdas" contumaz, que durante muchos años deambuló por las calles de la capital discurseando sobre los grandes temas de la nación con la insistencia de un político y despertando, por lo general, mucha más expectación, mucho de borracho y parte de filósofo. Es Madrid ciudad bravía que, entre antiguas y modernas, tiene trescientas tabernas.... !! Y una sola librería !!. Esta redondilla describe bastante bien el Madrid de la época. Aunque esta conocida redondilla corresponde a siglos anteriores, Garibaldi era borrachín y analfabeto, confirmando que la desproporción que señala el epigrama hay que aceptarla como válida para muchas otras épocas de nuestra ciudad. El pintoresco personaje de esta historia se llamaba realmente Baldomero, y antes de ser famoso por el apodo que le hizo célebre le decían el Cubero, pues esa era su profesión durante los espacios de lucidez que su excesivo amor al vino le permitía. Vivía por las Cambroneras, un barrio marginal en los arrabales de la ciudad situado en las proximidades del puente de Toledo, más o menos en la zona que hoy ocupa el estadio Vicente Calderón. Aquellos andurriales quedaban por entonces en tierra de nadie, pues si no eran campo abierto, tampoco pertenecían al casco urbano que apenas sobrepasaba las Rondas. Estaban habitados por individuos de los últimos peldaños de la escala social, así que debemos suponerle avecindado entre aguadores, lavanderas y traperos. Pincha en el título del artículo o en "Leer mas..." para conocer la increible historia de este pintoresco personaje.
Aunque esta conocida redondilla corresponde a siglos anteriores, Garibaldi era borrachín y analfabeto, confirmando que la desproporción que señala el epigrama hay que aceptarla como válida para muchas otras épocas de nuestra ciudad. El pintoresco personaje de esta historia se llamaba realmente Baldomero, y antes de ser famoso por el apodo que le hizo célebre le decían el Cubero, pues esa era su profesión durante los espacios de lucidez que su excesivo amor al vino le permitía. Vivía por las Cambroneras, un barrio marginal en los arrabales de la ciudad situado en las proximidades del puente de Toledo, más o menos en la zona que hoy ocupa el estadio Vicente Calderón. Aquellos andurriales quedaban por entonces en tierra de nadie, pues si no eran campo abierto, tampoco pertenecían al casco urbano que apenas sobrepasaba las Rondas. Estaban habitados por individuos de los últimos peldaños de la escala social, así que debemos suponerle avecindado entre aguadores, lavanderas y traperos. Garibaldi estaba casado, y al parecer su matrimonio se sustentaba sobre sólidas bases pues era 'vox populi' que su media naranja compartía con él su afición por el alcohol. Pero ¡ay!, la dicha nunca es completa en casa del pobre, y en la común devoción estaba el germen de la discordia, pues en tanto Garibaldi bebía vino exclusivamente, su mujer era decidida partidaria del aguardiente, dando lugar esa discrepancia a frecuentes disputas entre la pareja durante las cuales se perdían el respeto de mala manera. Su figura era inconfundible, pues cuando salía de marcha se enfundaba una vieja guerrera, o una levita raída con la pechera cubierta de condecoraciones y demás quincalla. Otro elemento indispensable de su figura era un sombrero bicornio adornado con escarapela, que aderezaba en los días de gran gala con el añadido de una pluma y, para completar la puesta en escena, llevaba en la mano una vara de alcalde o bastón de mando. Fue esta curiosa indumentaria la que hizo que nuestros ascendientes le rebautizaran con el nombre del revolucionario italiano. Cuando alcanzaba uno de sus tugurios favoritos, nunca faltaba la invitación de algún parroquiano deseoso de entretenerse con sus extravagancias, y Garibaldi no decepcionaba, pues a poco de trasegar el primer 'quince' comenzaba su perorata con la solemnidad de un ministro. Por lo general, y aunque no desdeñaba los asuntos de candente actualidad, su tema favorito versaba en torno a la nivelación de los presupuestos, discurriendo muy sesudamente que para ello habría que aumentar los ingresos y disminuir los gastos, y otra serie de razonamientos no muy diferentes de los que, con absoluta seriedad, nos coloca cualquier político de cuota. A partir del segundo vaso, y en tanto su lenguaje se iba tornando poco a poco menos inteligible, el orador se atrevía con nuevos asuntos, todos de la misma gravedad e interés para la nación. En sus titubeantes paseos de taberna en taberna, arrastraba un auditorio de mozalbetes que reían de sus ocurrencias y sus traspiés. Garibaldi, que sin duda tenía algo de bufón pero también su parte de filósofo, estaba acostumbrado a ellos y soportaba la compañía con buena dosis de paciencia, espantando únicamente con la ayuda de su vara a los más atrevidos. De trecho en trecho se detenía y alzando voz y bastón a un tiempo, lanzaba su grito favorito: 'Arriba caballo moro', que era festejado por los transeúntes y la chiquillería. Esta expresión llegó a ser muy conocida en su época y se incorporó al lenguaje popular, utilizándose para subrayar alguna conclusión especialmente disparatada. Siendo Garibaldi hombre de ideas liberales, a veces sus exclamaciones eran más militantes y se destapaba con un: 'viva la república' o 'abajo los carcas'.Su peculiar figura, cargada de nuevas condecoraciones, siguió formando parte del decorado de la ciudad, sus discursos sobre la nivelación de los presupuestos continuaron en pos de una fórmula mágica que no hallaban los políticos, y su grito de guerra, ¡Arriba caballo moro!, santo y seña que certificaba las papalinas sobresalientes, siguió resonando por las calles para diversión de sus conciudadanos. Garibaldi, en fin, continuó dando tema de conversación para las charlas de los vecinos que se sentaban a las puertas de sus casas a tomar el fresco, y lo hizo durante mucho tiempo pues llegó a vivir más de setenta años, no sabemos si a pesar de la dieta etílica que se había impuesto o precisamente gracias a ella.
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